El día que Alicia se encontró con el Principito


Al despertarse Alicia de su fantástico sueño a orillas de ese hermoso lago donde se encontraba, miró hacia el firmamento y pudo apreciar cómo, justo en ese mismo instante, se producía un impresionante eclipse de sol. Todo quedó a oscuras por un lapso de media hora. Es innegable que la situación le iba produciendo algo de pánico. Sin embargo, cuando el fenómeno pasó y todo volvió a la normalidad, sucedió algo aún más inexplicable. Un apuesto muchachito, con un traje de capa y grandes solapas, apareció caminando hacia ella.

—¿Quién eres tú? —le preguntó Alicia.
—Soy el Principito, ¿y tú quién eres?
—Me llamo Alicia.
—¿Qué haces aquí tan sola?
—Bueno, en realidad no lo sé. Aún estoy muy sorprendida por todas las aventuras que viví en el País de las Maravillas. ¿Y tú cómo llegaste hasta aquí?
—Mi nave espacial chocó con tu planeta justo en el momento en que todo oscureció.
—¿Nave espacial? ¿Chocaste contra la Tierra? De verdad me estás asustando.
—Tranquila, no hay nada que temer. Vivo en un asteroide y estaba dando una vuelta para encontrar nuevos amigos y, de repente, ¡pluff!, ocurrió una gran tormenta en el espacio, un fragmento de meteorito golpeó la cola de mi nave, mi brújula se averió, perdí el rumbo y el resto ya lo sabes.
—¡Wauuu! ¡Todo lo que me cuentas es increíble!
—¿Dónde queda el País de las Maravillas?
—El País de las Maravillas... bueno, eso es algo medio complicado.
—¿Qué es algo medio complicado?
—Quiere decir que no es fácil de explicar o de entender.
—Los adultos son complicados —mencionó el Principito.
—Tienes toda la razón —le respondió Alicia.
—Explícame lo del País de las Maravillas.
—Lo que pasa es que no sé si en realidad existe o no.
—Pero me dijiste hace un momento que habías estado en ese lugar.
—Bueno, sí. Pero ahora que lo pienso mejor, no sé dónde queda, porque cuando todo terminó, me desperté, y me di cuenta de que mis aventuras habían ocurrido en un fantástico sueño. Luego apareciste.
—¿Y fue bueno?
—Fue fabuloso.
—¿Hiciste muchos amigos?
—Bueno, no muchos, pero había uno muy especial, se llamaba el Sombrerero.
—¿El Sombrerero? ¿Y por qué se llamaba así?
—Porque era fabricante de sombreros y le había elaborado varios sombreros a la Reina de Corazones, aunque a ella no le gustaban mucho. Ahora que recuerdo, estaba medio loco, o al menos, eso fue lo que me dijo el Gato Sonriente la primera vez que hablé con él.
—¿Hablaste con un gato? ¿Cómo es posible eso?
—En el País de las Maravillas todo era posible.
—Yo también tuve un amigo muy sabio. Era un zorro con el cual conversaba... ¿y por qué le llamaban el Gato Sonriente?
—Porque siempre estaba sonriendo. ¡Ah!, y eso no es todo...
—¿Hay más?
—¡Claro que sí! ¡Podía aparecer y desaparecer a su antojo!
—Increíble. Ahora empiezo a entender por qué ese lugar se llamaba el País de las Maravillas.

Y fue entonces cuando por primera vez el Principito sonrió. De inmediato, todo su ser se llenó de una energía maravillosa que conmovió a Alicia. En ese momento, ya había pasado más de una hora desde que ocurrió la aparición del adorable extraterrestre y su encuentro con ella. La tarde empezaba a caer. Un hermoso atardecer como el del “sol de los venados” de Popayán se dibujaba en el horizonte, en una gama indescriptible de colores. La niña empezó a angustiarse por estar a esa hora fuera de su casa, y entonces comentó:

—¿Podemos continuar nuestra charla mañana? Se hace tarde y debo estar en casa.
—No te preocupes, Alicia. Aquí estaré de nuevo mañana para que sigamos conversando.
—Que así sea. Hasta mañana.
—Hasta mañana.

Luego de despedirse, Alicia comenzó a correr hasta llegar hasta su casa, una acogedora cabaña que no era fácil de ubicar, pues se encontraba algo oculta en medio de un bosque a pocos metros de ahí. Una muralla natural de varios guayacanes y una ceiba que bordeaban el lago formaban parte también de la propiedad de sus padres. Al llegar allí, ya su madre le había servido la cena. Guardó silencio sobre la sorprendente aventura que acababa de vivir. Cuando le preguntaron sobre el motivo de su tardanza, simplemente se limitó a decir que se había quedado dormida cerca del lago y bajo la sombra de un majestuoso árbol.

El Principito, por su lado, se las arregló para llegar hasta donde había quedado su nave, bastante deteriorada por el impacto. Al revisar el compartimiento del equipaje, encontró una manta con la cual pudo abrigarse para lograr sobrellevar el frío de la noche y, finalmente, se quedó dormido recostado sobre la cola del aparato. Al día siguiente, un concierto impresionante formado por diferentes clases de pájaros fue el despertador natural del viajero del espacio. El sol empezaba a salir. Un espectacular amanecer surgía en el horizonte en un mosaico de colores degradados, entre azules, amarillos, rojos y anaranjados. En el camino hacia el punto de encuentro del día anterior, vio un árbol de exquisitas y provocativas guayabas. Se acercó lo suficiente y, al encaramarse a la rama más baja que pudo alcanzar, logró coger tres, que empezó a comerse con gran placer bajo la sombra de un mango, ubicado a pocos pasos de ahí.

Unos pocos minutos después, Alicia, ansiosa por llegar muy pronto a su cita, tomaba el último sorbo de una deliciosa taza de chocolate, que había formado parte de un desayuno muy especial: tortilla de huevos con maíz tierno, acompañada de achiras, pan de maíz y quesillo. Una vez terminado este rico manjar, en donde estuvo en compañía de sus padres, logró salir de su casa con el pretexto de pasear a Max, su cachorro de la raza golden retriever.

Cuando llegó al sitio acordado, el Principito, ya casi terminando su última guayaba, le dijo:


—¿Y si fueras tú la imaginación de otro?
—¡Qué ocurrencia! —respondió Alicia, cruzando los brazos—. Yo soy tan real como tú.
—¿Y si ambos fuéramos personajes de un libro? —insistió él, mirando hacia el cielo como buscando una respuesta entre las nubes.
—Eso sería absurdo. Los personajes de los libros no comen guayabas ni mucho menos están tirados bajo la sombra de un mango —replicó Alicia, riendo.
—¿Cómo se llama tu amigo?
—Su nombre es Max.
—Hola, Max. Soy el Principito.
—No pierdas tu tiempo, este perrito no puede hablar.
—¡Ah, qué pena! Creí que era como mi rosa o mi amigo el zorro.
—¿Dónde vivían tus amigos?
—La rosa vivía en mi planeta, y el zorro vivía en la Tierra.
—¿En la Tierra? Explícame, no te entiendo.
—Lo que sucede es que no es la primera vez que visito tu planeta. Hace ya muchos años, en otra época, vine por primera vez y ahora estoy de nuevo acá.
—¿Qué es lo mejor que te sucedió en aquella ocasión?
—Aprendí que lo esencial es invisible a los ojos.
—Ahora estás hablando como un adulto. ¿Qué quieres decir?
—Tienes razón, los adultos son complicados —comentó el Principito—. Quiero decir que lo más importante de los seres humanos no es su apariencia personal, su belleza, su dinero o su poder, sino su esencia: lo que llevan por dentro, su forma de ser, cómo tratan a otros seres humanos, sin importar su raza, su religión o sus creencias, o si son ricos o pobres. Y por último, cómo es su relación con los animales y la naturaleza en general.
—Vaya, esa sí es toda una lección de vida, mi querido amigo. ¡Mis respetos!

Y entonces se levantó e hizo una pequeña venia, como quien se quita un sombrero con mucha reverencia. Al ver esto, la reacción del Principito fue colocar su mano derecha sobre su frente y luego dibujó una gran sonrisa.

—Y a ti, Alicia, ¿cuál fue la mejor enseñanza que te dejó tu paso por ese mundo de fantasía?
—Bueno, no es tan fácil decirlo. Déjame pensar un momento.

Luego de meditarlo unos minutos, añadió:

—Creo que la mejor enseñanza me la dio el Sombrerero. Se trata de que nuestra vida no debe ser tan cuadriculada, o tan apegada a las normas de comportamiento dictadas por la sociedad en la que vivimos. Es necesario que haya siempre un toque de locura en nosotros, para condimentar de alegría, de sorpresa, de fiesta, nuestro paso por este mundo, que es demasiado corto para complicar nuestra existencia.

Después de escucharla, el Principito quedó pensativo un buen rato, mirando al firmamento, y luego, con lágrimas en los ojos, expresó:

—He llegado de nuevo al final de mi paso por tu mundo. Me alegra mucho haberte conocido y gracias por la gran enseñanza que me has dejado. Regreso a mi asteroide otra vez feliz por todo lo sucedido. Espero que nunca me olvides, Alicia.
—No podría olvidarte, Principito. Eres un ser muy especial. Tú también me has dejado una gran lección.

Los dos amigos se dieron un gran abrazo y empezaron a llorar. Pasados algunos minutos, el Principito exclamó:

—Por favor ten a tu lado a Max y aléjate unos ochenta pasos. Aquí va a ocurrir otro evento extraordinario y no quiero que salgan lastimados.

La niña, muy sorprendida, hizo caso a las palabras de su amigo y, en compañía de Max, se fue contando cada uno de sus pasos. Por su lado, el Principito empezó a caminar en sentido contrario, alcanzando una distancia de unos cien metros o algo más, hasta ubicarse debajo de un maravilloso árbol, viejo, de tronco inmenso, muy alto y con mucho follaje. Cuando cada uno estuvo ubicado en su lugar, el Principito, aún con sus ojos enrojecidos por el llanto, levantó su mano derecha y empezó a moverla de un lado a otro para decir adiós. Alicia, con su rostro lavado en lágrimas, le respondió con el mismo saludo.

En ese preciso momento, el cielo cambió de forma radical, de soleado y despejado a oscuro y con nubarrones muy negros. La temperatura bajó rápidamente, y poderosos truenos hicieron presencia en el lugar. Un par de nubes muy negras se iban acercando casi en línea recta sobre el árbol, y al chocar entre ellas, se produjo un ensordecedor rayo que se descargó con toda su furia sobre la superficie de la Tierra. El ruido y el inmenso destello de luz asustaron muchísimo a Alicia, quien reaccionó de inmediato cubriendo su rostro con el cuerpo de su peludo amigo, el cual, a la vez, se echó sobre el suelo y cubrió sus ojos con sus patas delanteras.

Cuando todo terminó, Alicia corrió hacia el sitio donde vio por última vez al Principito, pero al llegar allí, solo encontró varios fragmentos aún en llamas. El rayo destruyó todo y su amigo había desaparecido.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando el ajedrez era rojo y verde

Arepa: la palabra que nació del maíz, del fuego y del asombro

El inolvidable Jaime Garzón