El misterio del manuscrito de la botella
A primera hora de aquel día de marzo de 1982 me encontraba caminando en una playa sobre el Océano Índico, en la Isla de Navidad, Australia. Llegué a este lugar a visitar a un viejo amigo, quien vivía en una casa muy hermosa cerca del mar. El taxi me dejó hasta donde le era permitido. A partir de ahí tuve que caminar por el sendero que conducía hacia la vivienda, a lo largo del cual, se podía escuchar claramente el sonido de las olas que iban y venían marcando su interminable ritmo. El paso de vehículos estaba prohibido debido a que era la temporada de los cangrejos rojos, que a esa hora de la mañana se encontraban circulando por todas partes. Era impresionante lo que se presentaba a la vista: parecía un tapete rojo, vivo, y en pleno movimiento. De hecho, era imprescindible mirar cada paso que se daba para no terminar pisando alguno de estos curiosos animales, cuya forma de caminar siempre me ha causado mucha gracia.
En un descuido de una fracción de segundo, por poco termino aplastando con mi pie izquierdo el cuerpo de uno de estos crustáceos. Al esquivarlo, pisé una botella vieja y semienterrada en la arena. Como consecuencia de esto por poco me caigo. Podría haberla pasado por alto. Una botella cualquiera no representaba mayor trascendencia. Al comenzar a caminar nuevamente, hubo algo que me llamó la atención y me hizo devolver para apreciarla detenidamente. Era muy rústica, de un vidrio bastante denso, lo cual hacía que su color verde se mostrara muy opaco. Pero lo sorprendente aquí fue que a pesar del sol que brillaba poderosamente en aquel momento su reflejo era muy poco. En palabras sencillas era como si el vidrio literalmente se tragara la luz solar.
Ante este panorama tan
particular, no pude resistir la tentación de desenterrarla y tomarla entre mis
manos. Estaba fría y en aquel momento sentí una energía muy extraña que me
recorrió todo el cuerpo. Poco tiempo después surgió la magia: a pesar de lo
difícil que resultaba mirar a través del vidrio, pude descubrir que tenía algo
enrollado en su interior. Al voltearla de una forma y otra, su contenido se
movía de un lado para otro. Entonces mi mente comenzó a trabajar
desenfrenadamente. ¿Se trataba acaso de un manuscrito dentro de la botella?
¿Era un mensaje de auxilio de los tiempos de los piratas? En un minuto, miles
de preguntas por este estilo surgieron como estrellas fugaces en mis
pensamientos. Solo había una forma de averiguarlo. Pero como no quería compartir
con nadie el descubrimiento de mi pequeño tesoro, entonces guardé la botella en
mi morral y continué mi camino para cumplir mi compromiso pactado cuatro
semanas atrás.
Al llegar a casa de Santiago guardé absoluto silencio sobre lo que acaba de encontrarme. Tuve que hacer un esfuerzo muy grande para dejar de pensar en mi secreto. Poco a poco fui camuflando mis emociones para no levantar sospechas y lograr disfrutar plenamente de mi reencuentro. Después del almuerzo y de un café iniciando la tarde, siguieron unos cuantos aguardientes que lograron avivar muchas más anécdotas que se encontraban por ahí refundidas en un rincón de nuestra memoria.
Ya empezaba a caer la
tarde, se dibujaba en el firmamento un hermoso atardecer y un poco antes de que
todo este colorido se sumergiera completamente dentro del mar, llegó un vecino
informando que el conductor del taxi ya estaba esperándome para llevarme de
regreso al aeropuerto. Al salir de la casa, retomé de nuevo el sendero por el
cual había llegado, y a esa hora la población de cangrejos había disminuido
notablemente. Sin embargo, todavía era necesario caminar con mucha precaución
por el sector. Fue en ese momento cuando regresó a mi mente la gran emoción por
el hallazgo de la misteriosa botella. Pero tendría que seguir esperando a que
terminara mi viaje para poder descubrir en soledad todos sus misterios.
El vuelo estuvo más o menos
apacible. El trayecto hasta llegar a Europa fue muy tranquilo, pero la cosa se
complicó de regreso hacia Suramérica, pues el avión presentó bastantes
movimientos bruscos, quizás a causa de coletazos de algún huracán con nombre de
mujer que nunca he podido aprenderme y que había azotado varios territorios en
algunas islas de las Antillas. Pero lo más grave sucedió al llegar a Bogotá
cuando descubrí que mi maleta había sido cambiada. Empecé a entrar en pánico y
mis manos temblaban. El primer pensamiento que tuve fue que había perdido para
siempre mi pequeño tesoro. A pesar de mi angustia, lo único que pude hacer a
esa hora de la noche fue irme para un hotel en la fría capital y al día
siguiente comprar algo de ropa y luego regresar al aeropuerto.
A media mañana y con una
cara de trasnocho impresionante, pues no pude conciliar el sueño, llegué a las
oficinas de la aerolínea para iniciar su búsqueda. Después de esperar una media
hora debido a que en ese momento había otros usuarios averiguando por diversos
temas, finalmente me atendieron. Al formular mi inquietud, fue necesario
esperar otro tiempo más, mientras los funcionarios locales se comunicaban con
sus colegas en la oficina del aeropuerto Charles de Gaulle en París, pero como
consecuencia de un atentado ocurrido la noche anterior en ese lugar, no se pudo
establecer comunicación ese mismo día y fue necesario esperar cuatro días más.
Ese día en el hotel se me hizo eterno. La angustia era cada vez más grande. Iba al bar, me tomaba una copa de whisky, miraba televisión, volvía y tomaba otra copa; pero la incertidumbre era inmensa. La mañana siguiente me fui para un centro comercial y me compré un cubo de Rubick muy de moda por aquellos tiempos. En el almacén me regalaron un folleto donde explicaban en detalle cómo resolverlo. Y entonces comencé a practicar. De esta manera iba gastando las largas horas que tendría que esperar, dejé de visitar el bar y aprendí a resolverlo; lo armaba y desarmaba con una facilidad asombrosa, poco a poco se iban tiñendo de colores cada una de las seis caras del juguete hasta quedar perfectamente ubicadas. A parte de esto estaba muy pendiente de las noticias para estar al día sobre los sucesos relacionados con el atentado de París y todas las mañanas llamaba a la aerolínea para saber si había alguna novedad al respecto.
Luego de la llamada de
rigor durante la mañana del día número cuatro, al indicarme que ya tenían
noticias y que podía ir, me fui de inmediato hacia el aeropuerto nuevamente.
Entonces me informaron lo que había ocurrido. Al tratarse de un viaje tan
largo, el avión hacía una escala normal en París, en donde los pasajeros
teníamos oportunidad de estirar un poco las piernas, comer algo, comprar algún
recuerdo para llevar a la familia o para los amigos, o simplemente esperar el
cambio de aeronave. Este nuevo aparato completamente lleno de combustible sería
el que terminaría el viaje hasta Colombia. En el proceso del cambio de las
maletas, un pasajero alemán decidió quedarse en París y tomó mi maleta y se la
llevó. Bueno, aquí la pregunta obvia es ¿y por qué se llevó mi maleta y no la
de él?
Debido al atentado de
París, muchos vuelos fueron cancelados y la congestión en la aerolínea era muy
grande, por lo cual había muchas personas intentando solucionar sus viajes
aplazados, por eso cuando recibí la respuesta formal, se terminó el horario de
atención al público, de modo que tuve que regresar al otro día y por supuesto
la ansiedad aumentó. Sin embargo, esa noche, más por cansancio que por gusto,
dormí profundamente, lo cual me permitió recuperar mis fuerzas, y no solo eso,
tuve un sueño inspirador. Se me presentó un niño con rasgos asiáticos y con una
gran sonrisa, quien me entregó en las manos una botella de color azul muy
oscuro. La forma de destaparla era lo más extraño de este mundo: su base se
desenroscaba en el sentido de las manecillas del reloj. Al realizar esta
operación, salió de su interior un pequeño cangrejo rojo con manchas amarillas,
el cual portaba en una de sus pinzas una tira de cartón muy delgado con una
frase en perfecto español que decía: "No te preocupes. Muy pronto
me vas a recuperar. Ten paciencia". Y fue entonces cuando me
desperté. Estaba sonriendo. Todo fue muy real. La contundencia del mensaje
cambió mi actitud y luego de organizarme y desayunar, regresé al aeropuerto.
En esta oportunidad me permitieron
ver una copia del video que les habían enviado desde París y me mostraron
también la maleta del señor que se encontraba dentro de la oficina. ¡Su maleta
era exactamente igual a la mía! NO-LO-PODÍA-CREER. Por supuesto en la grabación
pude apreciar cómo este pasajero sin dudarlo había tomado mi equipaje pensando
que era el suyo. El lío ahora era ubicar al ciudadano alemán, quien de acuerdo
con el seguimiento que le estaban haciendo al caso, ese mismo día en París
había tomado otro vuelo con rumbo a Estocolmo. Por lo pronto caía la tarde y se
dibujaba en el cielo bogotano un bonito atardecer. Una vez más tendría que
seguir esperando buenas noticias.
Pero pasaban los días y no
habían podido encontrarlo. En la aerolínea no se atrevían a abrir la maleta para
intentar hallar alguna identificación o número de contacto. Lo único que se
tenía era su nombre, Frank y un apellido muy complicado de pronunciar. Esto
gracias al listado enviado vía Fax desde la capital francesa. Se intentó
realizar el contacto a través de la embajada de Alemania en Bogotá, pero a raíz
de la celebración de su fiesta patria y del cambio de gobierno, la atención al
público se encontraba muy restringida, bastante complicada la comunicación. En
medio de todo ese proceso, la aerolínea había sido muy generosa conmigo al
sufragar el 90% de mis gastos de hotel dadas las circunstancias
presentadas, motivo por el cual continué esperando en la fría capital
colombiana.
Mientras tanto, para matar
el tiempo me compré voluminoso libro y lo leí en su totalidad. Su tema no
podría haber sido otro: piratas y un tesoro escondido en una isla remota. Ya me
había aburrido de armar y desarmar el famoso cubo de colores. Durante este
tiempo transcurrieron nueve días desde mi regreso a Colombia. Los funcionarios finalmente
abrieron la maleta con autorización y supervisión de las autoridades
colombianas, pero no habían encontrado ningún documento que pudiera servir para
rastrearlo. Mis esperanzas cada vez se iban apagando más a pesar del
impresionante sueño que había tenido.
A primeras horas del día
número doce me despertó el teléfono del hotel. Era una llamada del aeropuerto,
donde me dijeron simplemente que Frank había aparecido y que me requerían con
urgencia en sus oficinas. Sin más detalles colgaron y quedé con la mente en
blanco. Muy feliz, pero con todas las preguntas en mi cabeza. De la emoción que
sentía opté simplemente por bañarme, vestirme, tomar un café y salir. No había
tiempo para desayunar en ese momento. La montaña rusa de sensaciones no me lo
permitía.
Frank al llegar a su hotel en Estocolmo se dio cuenta del error cometido y quizás el susto que tuvo fue mayor al mío, debido a las muestras de nuevos medicamentos a punto de salir al mercado que fueron encontradas en su maleta en Bogotá. Lo primero que hizo fue reportar su situación ante la empresa para la cual trabajaba en Alemania, uno de los laboratorios de medicamentos más grandes del mundo. Ellos le recomendaron que se comunicara de inmediato con la aerolínea en el aeropuerto de París, pero debido al atentado terrorista perpetrado ese mismo día a la medianoche, no se pudo establecer comunicación. Solo fue posible hacerlo cuatro días después, tal y como ya se indicó antes.
Mientras se calmaba la situación en París, la suerte empezó a
cambiar para Frank, pues al segundo día cuando definitivamente decidió
violentar el candado de seguridad (lo cual era la única diferencia entre su
equipaje y el mío), al revisar la etiqueta de la maleta encontró escrito un
número telefónico. Era una vieja costumbre de marcar siempre mis maletas con el
número fijo de una tía que vivía en Armenia (Quindío). Las primeras llamadas
fueron un total fracaso, pues al no tener en cuenta el cambio de horario, Frank
había estado llamando entre la una y dos de la mañana hora de Colombia.
Situación que incomodó muchísimo a la tía Otilia, quien cuando ya tenía el
teléfono en la mano a punto de contestar la llamada había terminado. Esto se
repitió durante tres días.
Al comentarle su mala suerte a un huésped de origen puertorriqueño
que estaba en el mismo hotel, este le hizo caer en cuenta el tema del horario,
por eso la siguiente llamada fue a las 10 a.m., y aprovechó que su compañero
dominaba el español para que le sirviera de interlocutor. Llamaron la casa de
Otilia, con tan mala suerte que en esta ocasión nadie contestó. Al día
siguiente volvieron a llamar a la misma hora y en esta oportunidad si se pudo
concretar la llamada. Johnny le contó a Otilia todo lo que había sucedido,
intercambiaron números telefónicos y se pusieron de acuerdo para que la tía de
inmediato avisara a la aerolínea en Bogotá todo lo que sabía. Pero las cosas no
estaban planeadas para que se dieran tan fácil. Esa misma tarde cayó un
torrencial aguacero sobre Armenia, y de acuerdo con el reporte oficial que pude
ver ese mismo día en el televisor de mi hotel, se registraron tres rayos sobre
la ciudad. Uno de estos impactó dramáticamente sobre una de las antenas más
importantes de Telecom, que era la única empresa de comunicaciones en ese
entonces en Colombia, además, muchas casas resultaron averiadas y hubo varias
víctimas fatales. Por fortuna, Otilia salió ilesa de esta tragedia y su casa
sufrió daños menores.
Como la ciudad quedó completamente incomunicada, de la oficina central
en Bogotá enviaron una comitiva de expertos que se encargaron de la reparación
de la antena, al tiempo que empezaron las labores de reconstrucción de las
edificaciones afectadas, y al cabo de cuatro días se restableció la
comunicación telefónica. De inmediato esa misma tarde, mi tía se puso en comunicación
con la aerolínea en Bogotá, y de esta manera, se pudo establecer contacto con
Frank, a quien le garantizaron que sus muestras de medicamentos se encontraban
a salvo al igual que el resto del equipaje. Por su lado el ilustre pasajero
informó que mi maleta nunca fue abierta y todos los detalles ya mencionados.
Entonces se hicieron todos los arreglos necesarios para el intercambio de
equipajes. Los vuelos salieron desde ambas ciudades con una diferencia de
cuatro horas y media. Al cabo de quince días puede continuar mi viaje hasta el
eje cafetero. Me quedé un par de días donde mi tía para agradecerle todo lo que
había hecho por mí. Fue muy emotivo el encuentro.
Una vez instalado en mi casa, ubicada en la falda de una montaña en el
departamento del Quindío, rodeada de matas de café y plátano, donde el aire
olía a panela y el maravilloso coro de pájaros le daban la bienvenida a un
nuevo día, finalmente pude sacar la botella. Realmente era muy antigua y no
quería dañarla al quitarle el corcho que tenía como tapa. Busqué un sacacorchos
y sosteniendo la botella con un poco de angustia, comencé a introducirlo a
través del corcho. Empecé a girar suavemente el instrumento y en breves minutos
ya había destapado la botella. La porción de corcho que quedó adherida al
sacacorchos fue muy poca, la mayor parte quedó casi pulverizada. Por curiosidad
lo acerqué a mi nariz y pude percibir un olor a ron, la histórica bebida de los
piratas.
De
inmediato volví a sentir un aire frío muy atemorizante que provenía del fondo de
la botella, el mismo que experimenté sobre la playa cuando la cogí por primera
vez. Pero eso no fue impedimento para saciar mi curiosidad. De inmediato la
puse boca abajo y fue entonces cuando apareció ante mis ojos aquel trozo de
papel enrollado que terminó rodando sobre la mesa. Quedé paralizado un par de
minutos. Estaba en contemplación profunda. Antes de intentar abrirlo lo tomé
con mi mano derecha e instintivamente la puse cerca de mi nariz y sentí un
ligero olor a miel de abejas. Al parecer mi remitente anónimo, había tenido la
genial idea de humedecerlo con este manjar de la naturaleza, lo cual había
conservado muy bien el material; al menos no se pulverizó al momento de entrar
en contacto con el aire. Y llegó el momento de descubrir qué mensaje se
encontraba escrito en el papel. Entonces con mi mano izquierda sostuve muy
suave un lado del papel y con mi mano derecha lo iba desenrollando poco a poco
hasta lograr extenderlo totalmente. Aseguré cada extremo con elementos pequeños
de cierto peso como un pisa papel de vidrio en un lado y una pirámide
metálica en el otro. Y ahí estaba una frase al parecer escrita en un idioma
antiguo que por supuesto no pude entender en lo más mínimo.
Me
acordé del viejo Filemón. Un gran amigo que vivía en una finca muy cercana.
Había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. En realidad, su nombre era medio
complicado y para facilidad de todos sus amigos, un día cualquiera nos dijo que
le siguiéramos llamando simplemente Filemón. Un hombre muy preparado, quien
hablaba varios idiomas. Había estudiado lenguas antiguas en Francia, su tierra
natal. Al iniciar la guerra en su país, un bombardeo de los alemanes acabó con
toda su familia, salvándose únicamente él; por lo cual, tomó la sabia decisión
de cruzar el océano en un barco y quedarse a vivir para siempre en Suramérica.
Llegó inicialmente a Brasil, donde intentó rehacer su vida comenzando con
algunos negocios que tuvieron poco éxito, y posteriormente alguien le habló
maravillas de las montañas cafeteras colombianas.
Fue así como algunos años después apareció por primera vez en Salento, Quindío. Cuando lo conocí estaba en uno de los establecimientos del marco de la plaza tomándose un café. Intentaba comunicarse en una mezcla bastante extraña entre francés y portugués. Por supuesto nadie lo podía entender y al acercarme, algo pude hacer por él al recordar algunas palabras del portugués que había aprendido durante mi viaje al río Amazonas. Conocí su historia y unos días más tarde, lo relacioné con algunos buenos amigos para que le dieran trabajo. Aprendió a hablar español sin dejar su amelcochado acento francés. Fue muy disciplinado y cumplido en su trabajo, lo cual le permitió cada día prosperar más. Al cabo de unos siete años logró adquirir un pequeño terreno, en donde empezó a sembrar su propio café y también algunos frutales. A comienzos de los setenta ya era un hombre muy respetado. Con su esfuerzo y dedicación había logrado consolidar una de las fincas más hermosas de la región. Era un referente para mucha gente, tanto por sus conocimientos como por sus buenos consejos.
Llegué a su casa un poco
nervioso, no dejaba de inquietarme el mensaje oculto en el papel. Al rato de
haberle entregado el misterioso documento, mi querido amigo tenía una cara de
asombro y de preocupación a la vez. Efectivamente había sido escrito en francés
antiguo y el texto del mensaje era el siguiente: "Se sacudirá toda
la ciudad un jueves de la Semana Mayor. Esto sucederá en un territorio que
ahora es una colonia española y que en alguna época le llamarán Nueva
Granada".
De acuerdo con lo que me explicó Filemón, el manuscrito habría sido escrito entre 1675 y 1680, probablemente por un descendiente directo de Amadeus de Aquitania, uno de los más sobresalientes alumnos de Nostradamus. Según la percepción de mi amigo, la información se fue transmitiendo de forma oral de generación en generación durante un período aproximado de un siglo, hasta que alguno de sus descendientes tomó la decisión de plasmarla en un papel, meterlo en una botella y echarla al mar para que alguien en algún momento la recogiera y la diera a conocer. Lo escalofriante de todo esto era que habían transcurrido algo más de trescientos años hasta el momento en que la encontré en aquella playa cubierta de cangrejos rojos. No alcanzo a imaginar cuántas vueltas al mundo daría la botella hasta quedarse para siempre en aquella isla remota del Océano Índico. Fue entonces cuando comprendí que el frío que me provocaba la botella no era originado por alguna esencia o compuesto químico en particular, sino por el mensaje del manuscrito, cuya sensación volvía a experimentar por tercera vez. Según esto, ocurriría un terremoto o un gran sismo en alguna ciudad de Colombia. No se explicaba ni el lugar ni la fecha. Solo que ocurriría durante una Semana Santa. Un año después, fue muy doloroso comprobar la veracidad del manuscrito. El jueves santo 31 de marzo de 1983 un terremoto sacudió la ciudad de Popayán. Amadeus había dicho la verdad. Durante dos semanas luego de que ocurrieron los hechos no pude conciliar el sueño, estaba aterrado.



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