La Biblioteca de Alejandría

Cuando a sus veinticuatro años Alejandro Magno conquistó Egipto, empezó a buscar una nueva capital para su inmenso territorio que estuviese estratégicamente ubicada, permitiéndole moverse con facilidad hacia el mar Mediterráneo y al resto de sus territorios. Fue así como se cruzó en su camino una ciudad egipcia de poca importancia llamada Rhakotis, la cual encajaba justo con sus deseos: estaba ubicada en el extremo occidental del delta del Nilo y tenía un magnífico puerto natural.

A partir de entonces, Rhakotis se convertiría en la impresionante Alejandría, la más famosa de todas las Alejandrías que fundó en su vasto imperio, y cuya construcción fue ordenada por el emperador macedonio a su arquitecto Dinócrates. Aunque las obras se iniciaron de inmediato, Alejandro no alcanzó a conocer la maravillosa ciudad que soñó. La muerte le sorprendió en Babilonia en el año 323 a.C. Alejandría llegó a convertirse en la ciudad más majestuosa que el mundo occidental había visto jamás, donde habitantes de todos los países venían a vivir, a realizar negocios y a estudiar.

La Biblioteca de Alejandría fue concebida y desarrollada durante los reinados de Ptolomeo I y Ptolomeo II en el Siglo III a.C. Los reyes de Egipto que sucedieron a Alejandro, consideraban la literatura, los avances de la ciencia y de la medicina, como los verdaderos tesoros del reino, y por eso, durante varios siglos apoyaron generosamente la investigación y la ilustración. Fue fundada bajo la idea de un museion, que, aunque literalmente significa un lugar donde se podían adorar a las musas, bajo la óptica de los Ptolomeos, el concepto de "museo" iba mucho más allá e incluía un complejo cultural e intelectual, en donde se podía venerar a las musas a través del desarrollo del conocimiento que fue realmente en lo que se convirtió.

Su grandeza consistió en que toda la ciencia del mundo antiguo estuvo confinada dentro de sus paredes de mármol. Tenía diez grandes laboratorios de investigación, un zoológico con animales de la India y del Sahara, jardines botánicos, un laboratorio de anatomía y un observatorio astronómico. Contaba también con salas de lectura y otros espacios donde los grandes maestros de diversas disciplinas del conocimiento impartían clases a sus estudiantes, quienes muy seguramente provenían de las clases sociales más privilegiadas de la ciudad, de Egipto y del mundo antiguo. Por supuesto no podía faltar un santuario dedicado a la veneración de sus musas y de sus dioses del intelecto.

Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco, de forma maravillosa recrea en su prólogo, la forma como un grupo de emisarios cabalgan miles de kilómetros a lo largo del imperio, con el objetivo único de conseguir libros. Al precio que fuera: incluso, si era necesario, asesinar a quien se los impidiera. Era orden del emperador. Los barcos comerciales que atracaban en el puerto de Alejandría eran revisados por las autoridades imperiales, quienes no buscaban contrabando sino libros. Estos eran confiscados.

En la biblioteca eran copiados y luego los devolvían a sus dueños. En aquel tiempo los libros eran rollos de papiro. No se sabe con exactitud cuántos se alcanzaron a reunir, pero se cree que fue del orden de unos 700.000 en su época más gloriosa. Colecciones de libros de todas las culturas y lenguas del mundo estuvieron almacenadas en sus estanterías. El papiro para los egipcios era como el petróleo hoy en día. Ellos lo producían, lo exportaban e imponían su precio. De la palabra papiro se originaría, varios siglos después, la palabra papel.

Dentro de los tesoros inmensurables que fueron destruidos durante la quema de la biblioteca, se sabe que hubo un libro escrito por el astrónomo Aristarco de Samos, quien proponía la teoría heliocéntrica, es decir que la tierra era un planeta más que giraba alrededor del sol, y que, además, las estrellas se encontraban a una distancia exageradamente lejana de nuestro planeta. Su teoría era cierta, pero la humanidad tuvo que esperar casi 2.000 años para su redescubrimiento, en el Renacimiento, a través de Copérnico y Galileo Galilei. También se tiene conocimiento de que existió Historia del mundo, escrita en tres tomos por un sacerdote de Babilonia llamado Berosus y que el primer volumen comprendía entre la creación del mundo y el diluvio universal, período de tiempo que él decía que había durado 432.000 años.

El gran director de la biblioteca fue Eratóstenes, quien con sus estudios llegó a la conclusión de que la tierra era esférica. Además, tuvo la genialidad de calcular con exactitud su tamaño; hizo mapas de ella, y afirmaba que también era posible navegar a su alrededor. Se destacan también los trabajos de otros sabios como Euclides, quien escribió una obra sobre geometría que fue estudiada hasta el Siglo XIX, es decir, tuvo vigencia alrededor de veintidós siglos. Herón de Alejandría, gran matemático, escribió varios libros de mecánica y fue el creador de numerosos inventos. Uno de sus más famosos fue la eolípila, la primera máquina térmica de la historia, precursora de la máquina de vapor.

Uno de sus más célebres participantes fue Arquímedes, considerado el matemático más grande de la antigüedad. Entre sus inventos más importantes se encuentra la palanca; el tornillo de Arquímedes, un ingenioso dispositivo para elevar agua— , la polea móvil y la mejora de la catapulta. Este poderoso intrumento de guerra, usado desde el año 400 a.C., tuvo también gran importancia durante la Edad Media, pues permitía derribar murallas de castillos y ciudades fortificadas, facilitando la conquista de lugares que parecían imposibles de tomar.

Por otra parte, Claudio Galeno de Pérgamo, prominente erudito quien escribió los primeros tratados de medicina. Fue el médico de los gladiadores en su ciudad natal hacia el año 157 d.C. Su obra tuvo vigencia hasta el Siglo XVII y su nombre quedó acuñado para la posteridad como sinónimo de médico. Cabe resaltar también, a Herófilo de Calcedonia, un médico quien, con sus investigaciones, determinó que la inteligencia del hombre no se encontraba en su corazón sino en su cerebro.

La ciencia que se desarrollaba en este lugar estaba reservada a unos cuantos privilegiados, para la élite de la sociedad. La población en general de Alejandría no tenía conocimiento de los avances que se estaban realizando dentro del majestuoso recinto, pues los nuevos hallazgos no eran socializados o popularizados de ninguna manera. La ciencia no formaba parte de sus vidas. Los descubrimientos en el campo de la mecánica, o la tecnología del vapor, eran aplicados principalmente, al perfeccionamiento de las armas y al entretenimiento de los reyes. La ciencia de la antigüedad nunca captó el sentir del pueblo, de la gente del común.

En el año 47 a.C., en la guerra entre los pretendientes al trono de Egipto, el general romano Julio Cesar, quien había acudido a ayudar a la reina Cleopatra, fue sitiado en un sector muy cercano a la biblioteca. Se produjo un incendio que afectó una sección del palacio. Se dice que se quemaron unos de 40.000 rollos. Luego en el año 272, el emperador Aureliano arrasó Alejandría. Años después, bajo el reinado de Dioclesiano, la ciudad sufrió la devastación total de la Gran Biblioteca.

FUENTES Y REFERENCIAS




Comentarios

  1. Felicitaciones Juan Carlos , qué historia tan fascinante !!!!!

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  2. excelente historia! gracias a Dios existen los medios para difundir estos conocimientos

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  3. Que espectacular recorrido de historia! Gracias Juan, cómo siempre tus escritos exquisitos!

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