El último acto de Charlie Chaplin


Hay personajes que desde niño se te meten en el corazón: un sombrero hongo, un bastón que gira con elegancia fingida y un caminar medio torcido. Así era Charlot, creación de Charlie Chaplin.

A principios de los años 80, cuando estaba en el colegio, la editorial del periódico El Tiempo junto con Caracol Radio lanzó una colección de biografías de grandes personajes. Según consulté hace poco a Google —porque la memoria no me da para tanto—, el nombre era Colección de oroEran libros pequeños, de cubierta dorada, casi metálica, con el retrato dibujado a carboncillo en la portada.

Lo más atractivo, al menos para mí, era la promoción en la radio. En esa época era una novedad enorme para incentivar la lectura. Invitaban a los oyentes a inscribirse en la emisora. Luego había que comprar el libro con el periódico y leerlo con atención. Un par de semanas después, anunciaban un sorteo y llamaban en vivo a uno de los inscritos para hacerle preguntas sobre la lectura. Si respondía bien, el premio era el siguiente libro de la colección.

Recuerdo una tarde junto al teléfono negro de disco de mi casa en Popayán, con los nervios a flor de piel, esperando esa llamada que nunca llegó. No tuve esa dicha. Para entonces, había leído la biografía de Ernesto «el Che» Guevara, y también la de Mahatma Gandhi y la de Chaplin. Ese fue mi primer encuentro con su vida.

Hace pocos días, una amiga por casualidad me preguntó: "¿hoy es el cumpleaños de Charlie Chaplin?" En ese momento no supe qué responder. Al consultar en internet, confirmé que el 16 de abril es el día de su nacimiento. Esto me despertó de nuevo el interés, y entonces comencé a leer su autobiografía.

Una de esas tardes, mientras buscaba la causa de su muerte —dato que, por supuesto, no aparece en su libro—, me encontré con otra historia increíble sobre lo que ocurrió después.

Charles Spencer Chaplin falleció el día de Navidad de 1977, en su residencia de Corsier-sur-Vevey, en Suiza, a la edad de 88 años. La causa de su muerte fue un derrame cerebral mientras dormía. No fue algo inesperado, dado que ya presentaba varias deficiencias cardíacas y respiratorias.

Llevaba 25 años viviendo allí junto a su cuarta y última esposa, Oona O’Neill. Fue enterrado el 27 de diciembre en el cementerio de la localidad, en una ceremonia íntima, bajo un torrencial aguacero. Curiosamente, la imagen de la lluvia en los funerales, tan típica en el cine, ocurrió en la vida real, lo que le dio un toque dramático a su despedida.

Así se bajó el telón de la vida de un gigante, el creador de Charlot, el eterno vagabundo.

Pero meses después ocurrió algo que parece sacado del guion de una de sus películas.

En la madrugada del 2 de marzo de 1978, su tumba fue profanada. El ataúd había desaparecido. "La tumba está vacía", dijo el portavoz de la policía. No había nada más que explicar: la fosa abierta con la tierra removida a un lado.

Todos estaban consternados. En la casa, uno de los empleados lo resumió mejor que nadie: "Lady Chaplin está conmocionada. Todos lo estamos. ¿Por qué tiene que sucederle esto a un hombre que le dio tanto al mundo?". De inmediato la policía suiza inició una investigación a gran escala con la ayuda de Interpol.

No tardaron en aparecer teorías, cada una más extraña que la anterior. Unos decían que se trataba de un grupo pronazi, en venganza por haber ridiculizado a Hitler en la película El gran dictador. Otros acusaban a las Brigadas Rojas de buscar publicidad para su causa. Y no faltaron quienes decían que se trataba de fanáticos del actor, empeñados en ubicarlo en un mausoleo "más digno".

Días después, su viuda comenzó a recibir llamadas telefónicas anónimas, en las que le pedían 600 mil francos suizos, medio millón de euros al cambio de hoy, para devolver el cadáver. Ella se negó a pagar el rescate, diciendo que el propio Chaplin "habría considerado esto muy ridículo". A pesar de esto, las llamadas no cesaron e incluso hicieron una rebaja al monto del rescate: 500 mil francos suizos.

Se organizó entonces una entrega ficticia del dinero. Tras el arreglo de pago, la noche indicada, el mayordomo de la casa, Giuliano Canese, salió conduciendo el Rolls-Royce familiar, llevando un maletín con el supuesto dinero del rescate. Pero el plan terminó en fracaso, por algo completamente inverosímil: el cartero del pueblo reconoció el Rolls de Chaplin y, al ver que al volante del vehículo no estaba Renato, el chofer de la familia, sino un desconocido, siguió el auto. La policía pensó que se trataba de uno de los secuestradores y lo detuvo. Pero cuando todo se aclaró, ya se había perdido la oportunidad de capturar a los delincuentes.

Dada la inexperiencia en esta clase de delitos, los secuestradores volvieron a llamar y fijaron una nueva fecha y forma del rescate. Sería el 17 de mayo de 1978. Para entonces, la policía, con mucha precisión, como sus famosos relojes suizos, había puesto en vigilancia cada una de las doscientas cabinas telefónicas de la zona.

Detuvieron a Roman Wardas, un polaco de 24 años, y a su cómplice Gantscho Ganeve, un búlgaro de 38 años, ambos mecánicos de carros, que estaban sin trabajo, sin dinero y el afán de lucro los llevó a cometer este delito.

El ataúd había sido enterrado en una zona agrícola, en Noville, en el costado oriental del lago Léman, en la frontera entre Suiza y Francia. Habían dejado algunas huellas para ubicar el sitio, pero las lluvias de la primavera habían borrado todas las marcas. Por eso la policía tuvo que utilizar detectores de metales para encontrarlo. Finalmente lo lograron gracias a las asas metálicas del ataúd.

Wardas fue condenado a cuatro años y medio de trabajos forzados, y Ganeve tuvo una sentencia de 18 meses de cárcel.

El cuerpo de Charlie Chaplin fue finalmente enterrado en el mismo cementerio de Corsier-sur-Vevey, en una ceremonia muy íntima, el 23 de mayo de 1978, esta vez, bajo una gruesa capa de hormigón para evitar futuros robos.

FUENTES Y REFERENCIAS


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