Piedra, agua y barro: sobrevivir a Memorial del convento

Lectura de Saramago: un viaje inolvidable
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Acabo de terminar Memorial del convento de José Saramago y no lo disfruté. Una edición de casi quinientas páginas. Muchos quizás se preguntarán, ¿por qué no lo abandonaste?

Pregunta sin respuesta.

Simplemente me lo aguanté.

Fueron necesarias muchas, pero muchas pausas, en medio de las cuales solo quería que se acabara rápido.

Saramago se sumerge al detalle en la construcción del monumental Palacio-Convento de Mafra, ordenado por el rey Juan V de Portugal a principios del siglo XVIII. La novela describe un hecho real. Una historia llena de descripciones interminables, muy densas, como la procesión del Corpus, en la cual se registra un listado inmenso de nombres de hermandades, y poco después, tiene lugar un sermón cuya duración alcanza a tener unas cuatro horas.

Por otro lado, el traslado de una piedra gigantesca de veintiuna toneladas desde Pinheiros hasta Mafra, donde se cuenta el absurdo y la brutalidad del esfuerzo humano. Aquí sentí que ya no daba más. Estaba a punto de abandonar la lectura. En las pausas —que fueron muchas— solo pensaba «que se acabe rápido».

También aparece una procesión de estatuas de santos. Aquí se explica minuciosamente la talla, expresión corporal, vestuario, buena parte de su historia, y claro, la necesidad para lo que es invocado cada uno. Bueno, en este pasaje hubo un pequeño respiro. La lectura fluyó un poco porque el autor se da la licencia de interactuar con los santos, y los ubica en situaciones muy humanas como si estuvieran vivos.

Otro de los tramos más extensos y pesados es el viaje de la familia real a la frontera con España, donde se llevaría a cabo "el intercambio de los infantes", que corresponde al matrimonio entre los hijos de los reyes de ambos reinos, siendo estrictos con la época en la que nos encontramos.

El invierno es devastador. Los caminos están llenos de agua y barro. Esto por supuesto, provoca estragos en los carruajes y en los hermosos equinos que los transportan, guiados por cocheros muy perfumados y presumidos. Día tras día se presentan muchos atascamientos y, en muchos casos, volcamientos, dadas las precarias condiciones de los senderos de aquellos tiempos.

Es ahí cuando entra en su ayuda, una cantidad muy grande de hombres contratados para este fin, quienes con mucho esfuerzo logran desenterrarlos, apoyados también con la fuerza bruta de bueyes y burros a su mando, y así pueden continuar el viaje.

Aquí también sentí el barro y el agua. De cierta forma me deslizaba, me caía y me enterraba como los personajes del libro. Esto lo sentía por el cansancio mental en el que estaba. Quizás esa era la intención del autor: que sus lectores también sufriéramos la travesía.

Que también empujáramos la piedra.

Para intentar descansar, muchas veces acudí a la lectura en voz alta. Pero llegaba el momento en que obligadamente tenía que parar. Se me secaba la boca. Me refrescaba. En el proceso me detenía a investigar el significado de gran cantidad de palabras arcaicas propias del barroco, época en la que fue construido el convento que aún existe.

En medio de este relato histórico —marcado por el esfuerzo, el sudor y la sangre de quienes construyeron esta obra monumental— surgen unos personajes entrañables: Baltasar Sietesoles, Blimunda Sietelunas y el padre Bartolomeu.

Baltasar y Blimunda se enamoran desde el instante en que se conocen, en medio de la ejecución pública de varios condenados por el Santo Oficio. Su historia de amor es memorable, algo fuera de lo común en la literatura.

El sueño del padre Bartolomeu era construir la passarola y volar en ella.

Sietesoles y Sietelunas le ayudan a cumplir su sueño.

Una vez terminada la construcción de la passarola, los tres realizan un vuelo nocturno: sobrevuelan Lisboa y terminan en un monte muy cerca de Mafra.

Quienes vieron pasar este aparato no identificado pensaron que se trataba del Espíritu Santo. Esto produjo una conmoción muy grande en la población.

El desarrollo de estos personajes, sus sueños, sus angustias y su inmenso amor, me hizo sentir que todo había valido la pena: el peso de la gigantesca roca, las caídas en el barro y cada una de las partes que hicieron de esta una lectura tan difícil.

No la disfruté.

Pero me emocionaron mucho los tramos correspondientes a sus vidas.

El final... oh, el final.

Algo inesperado: de antología.


FUENTES Y REFERENCIAS

Saramago, José (2007). Memorial del convento. Alfaguara. Novena edición. Madrid, España.


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